Estaba en una cafetería del aeropuerto Jorge Chávez de
Lima – Perú comprando el café y el muffin de siempre (Vainilla Latte y muffin
de chocolate) cuando el ver mi reloj me hizo dar cuenta que estaba a punto de
volver a perder mi vuelo, pues, desde que tengo uso de razón, era costumbre
llegar tarde a la estación del tren, perder el ticket para el cine y olvidar
algunas pertenencias en los hoteles de los países que visito.
Siempre supe que tenía problemas de atención, en el
colegio, siempre perdía mis lápices, borradores, cuadernos, etc. La verdad es que,
si pudiera juntar en un almacén todo lo que extravié durante mis 11 años
escolares, formaría una oficina de prestación de útiles educativos y creo que
cubriría bien la demanda diaria en un año escolar.
Mi prima Manuela y yo somos contemporáneas, dos
años de diferencia para ser exactos. Mi madre me contó que se enteró que mi tía
Paola estaba embarazada cuando mi papá le pidió matrimonio. Un año después, al
corroborar en el ultrasonido que iba a ser madre de una niña, mi madre junto a
mi tía Paola salían de compras juntas, incluso, heredé la ropa que Manuela iba
dejando.
Me acerqué corriendo cual maratonista a la puerta de
embarque, cuando un cartel enorme me da la asombrosa
noticia de que el vuelo estaba retrasado ya que el avión que nos iba a
llevar a Colombia tendrá una demora de 1 hora por fallas meteorológicas; eso
fue lo que me dijo la señora que estaba en la sala de embarque. La cosa no
podía estar peor, la boda de Manuela es mañana al mediodía y si salía en el
siguiente vuelo, podría perderme la fiesta.
Manuela me contó que estaba muy nerviosa con la
ceremonia y ya que no tiene hermanas, solo un hermano mayor que en verdad
parece que no existiese, me pidió que la acompañase desde la noche anterior
para ayudarla a disminuir la ansiedad que le estaba produciendo el pensar que
en unas horas iba a convertirse en la Sra. Patterson. Manuela conoció a Henry, su
futuro esposo, en una fiesta de año nuevo en Cancún, al cual fue con sus amigas
de promoción de colegio en el año 2013, dos años después, de haber egresado.
Siempre pensé que ella no creía en el amor verdadero
como dicen los cuentos de princesas y que yo soñaba cada vez que jugaba a las muñecas
con ella. Si había la posibilidad de jugar vóley o a las muñecas, ella escogía
automáticamente lo primero, pues a sus 12 años y yo 10, consideraba que era un
juego de niñitas que no tienen nada más que contentarse con imaginar una
historia de amor ideal, que según su “realista” punto de vista, nunca iban a
alcanzar.
Tenía que rogarle o sobornarla con comprarle lo que más
le guste en la tienda para que juguemos juntas y decirle la historia de la que
se iba a tratar, ya que, si ella la creaba seguro iba a ser un reality show con
bebidas, diversión e historias inconexas. Su nana Matilde era la causante de
que, dentro de la mente de una niña de 12 años existan conocimientos de una
mujer de 25 años por las novelas y series que veía mientras planchaba y una
curiosa Manuela la acompañaba sin reñir. Después de jugar siempre terminábamos
peleadas sin hablar dos horas, hasta que la abuela Consuelo con su cálida voz y
sus tradicionales galletas de vainilla con chispas de chocolate hacía que
olvidemos la riña pasada.
Tuve que llamarla y contarle mi tertulia, cuando su llanto
cargado de nervios hizo que la ansiosa ahora fuese yo. Felizmente, todo salió
bien y llegué a mi destino: Bogotá – Colombia. Al cruzar la puerta del
aeropuerto un cartel enorme que decía “Bienvenida
a Bogotá dear Macarena” con algunas fotos de nuestra metamorfosis hasta la
actualidad me cegó por un momento hasta que sacó su cabeza por una esquina del
cartel, saludándome con la sonrisa tan perfecta que la caracteriza. Lucía tan
radiante como siempre junto a Henry, el cual tenía un hermoso ramo de flores
que me entregó después del fuerte abrazo que nos dimos y que los espectadores
miraron con cara de asombro.
A pesar de ser tan distintas, nuestro lazo de hermandad es
muy fuerte y lo fortalecimos a medida que fuimos creciendo.