Después de cenar juntos unos espaguetis deliciosos, Henry y
Manuela me llevaron al hotel donde se iba a realizar la ceremonia y la fiesta.
Estaba tan exhausta, que, al tocar mi cama, caí rendida sin poder ponerme
pijama. Al día siguiente, el más esperado del año, me bañe rápidamente y baje a
desayunar al comedor principal. Estaba lleno de variedades de panes, frutas,
refrescos, sin embargo, al recordar que tenía que ir a ayudar a Manuela con su
vestido, no pude probar todo lo que quise, pero ello no fue un impedimento para
disfrutar mi desayuno.
Subí a mi habitación, terminé de alistarme y tomé un taxi
camino al departamento de la prima de Henry donde se quedó a dormir Manuela.
Ella estaba tan nerviosa, pero a la vez feliz, ya que el día anhelado había
llegado más pronto de lo que imaginaba. Manuela tiene 26 años y a pesar de que
jamás pensó casarse antes de los 30, su rostro transmitía emoción al cumplir un
sueño que muchas mujeres desean hacer realidad.
La ayudé a maquillarse y a peinarse con un moño alto que
parecía de revista. Le dije que lucía hermosa como siempre y me abrazó tan
fuerte que creí que mis huesos estaban a punto de quebrarse.
Melissa, la prima de Henry, me llevó al hotel para alistarme. Abrí mi maleta y después de buscar varias veces en la bolsa donde supuestamente había metido mis tacones nuevos, acepté con resignación que los olvidé. Empecé a caminar de un lado a otro, mordiéndome una uña como hago cada vez que estoy nerviosa.
Melissa, la prima de Henry, me llevó al hotel para alistarme. Abrí mi maleta y después de buscar varias veces en la bolsa donde supuestamente había metido mis tacones nuevos, acepté con resignación que los olvidé. Empecé a caminar de un lado a otro, mordiéndome una uña como hago cada vez que estoy nerviosa.
A punto de tirar la toalla y usar las sandalias más decentes
que traje, divisé un compartimento abultado en mi maleta. Lo abro y para mi
sorpresa, encuentro unos zapatos de repuesto que mi madre guardó por si me
olvidaba mis tacones nuevos; A veces pienso que las madres tienen el don de ver
el futuro y eso hizo que me salvara la vida en este viaje.
A Manuela se le veía tan hermosa, con un vestido color perla
largo, el cual tiene unos bordados de flores que combinaba con la temática hawaiana
de la boda. Al terminar la ceremonia, fuimos a la locación donde se celebraría
la fiesta; estaba decorada de grandes floreros, luces cálidas, manteles blancos
bordados, en fin, todo estaba perfecto, como a Manuela siempre le gusta.
Bailaron el vals juntos y acto seguido, se escuchó una bachata que a ella le
encanta. Se ubicaron en el centro del escenario y bailaron una coreografía que
a todos nos dejaron perplejos, pero a la vez, embelesados al presenciar tanto
amor entre ellos.
Después que el padrino de Henry y su esposa se despidieron
para descansar, les seguí el ejemplo y me fui a la mía exhausta pero contenta
por como salió todo. Me saqué mis zapatos de tacón y fui feliz al poder tocar
suelo firme. La verdad es que siempre envidié a los varones al usar siempre
zapatos sin plataforma en toda ocasión, mientras que nosotras, a medida que
vamos creciendo, dejamos las zapatillas por los tacones de diversas medidas,
por eso admiro tanto a las modelos de pasarela que usan tacones talla 10, 12 o
15 y se les observa tan cómodas y estilizadas que parece que caminan descalzas
en las nubes.
Me recosté a dormir al menos unas cuantas horas, ya que en
la mañana viajaríamos a San Andrés a relajarnos un poco e ir a su hermosa playa
como es Johnny Cay. Lo que me encanta de las playas del Caribe es que sus
aguas son cristalinas, la arena es blanca y el cielo turquesa, lo cual me hace
sentir que estoy en el paraíso.
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