Estaba teniendo un sueño del más placentero hasta que los gritos de mi madre me sacaron de la burbuja en la que estaba.
-Sabrina, o la alarma y tú han tenido una pelea o el concepto “gestión de tiempo” no te queda claro, espetó mi madre con el ceño fruncido. Si el reloj fuese una persona, estoy segura que sería ella.
Es mi último año escolar, promoción 2018. Esperé este año con todas mis fuerzas y es cuando una se siente la dueña del colegio. Llegué al colegio cinco minutos antes que cierren el gran portón negro que nos da la bienvenida siempre y me encontré con Max hablando por celular con un tono un poco visceral, por lo que preferí no meterme en sus asuntos.
¿Se te pegaron las sábanas otra vez? ¿O estas en tus días y no querías venir a estudiar? Si me preguntas a mí, apostaría por la segunda opción, comentó con una sonrisa atrevida.
¿O el clima te está afectando o te golpeaste la cabeza esta mañana?, respondí.
¡Asegurado, es la segunda opción!, insiste Max y me da un beso en la frente como de costumbre.
El aula estaba casi llena y lo extraño fue no ver a Luli. Ella vive prácticamente al costado del colegio así que no tiene excusa para llegar tarde.
-Acabo de hablar con Luli y me dice que se levantó con un dolor de cabeza infernal y que sus padres le dijeron que mejor se quede a reposar en casa, comenta Carla, que esta mañana decidió hacer caso omiso a las normas del colegio y se delineó los ojos con un lápiz negro tan intenso que hasta el más ciego podía notarlo.
El día transcurre bastante tranquilo, como es usual. Es mayo, por lo que no hace mucho calor y es más cómodo salir a caminar en los recreos o ir al jardín a escuchar música y leer alguna revista de moda. Llegando a casa, subí las escaleras de dos en dos, me saqué los zapatos, me quité el brassiere blanco y me sentí libre. Me bañé y me puse a ver algunos capítulos de Friends hasta que Wally, mi pomposo perro bichon frise vino a mi encuentro para engreírlo y sacarlo al parque. Terminé de alistarme al cabo de diez minutos. Me puse mis audífonos y emprendimos el paseo. Estuvimos fuera unos treinta minutos aproximadamente y regresamos a la casa.
-Cariño, tu madre y yo tenemos una cena en la casa de mi jefe, Brandon, por lo que te voy a agradecer que cuides a Gael, hasta que se acueste, ¿está bien?, <como si tuviera la opción de decir que no y largarme a pasear por las calles miraflorinas>
-No te preocupes padre, me encargaré de mi hermanito, pero eso sí, ni creas que voy a estar correteándolo para que duerma, respondí. Ese diablillo no sé de dónde saca tanta energía después de tantas actividades que hace.
Le serví su cena al pequeño remolino de 6 años y me echo a ver televisión, hasta que después de tanto zapping me aburro y enciendo la laptop para ver algún video en YouTube o hablar por WhatsApp Web con mis amigos. La única que escribió en el grupo fue Luli, así que nos quedamos conversando un buen rato y me comentó que ya se sentía mejor gracias a la pastilla que le recetó el doctor junto al reposo absoluto. No sentí la hora en la que llegaron mis padres, solo sé que al despertar en plena madrugada había un cuerpo pequeño en mi cama con un pijama verde de cocodrilo, una pierna en mi estómago y un brazo en mi cara. Linda manera de amanecer.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario