Llegó el viernes y con ello, el día en el que siempre vamos a un parque cercano a nuestras casas a pensar en algún plan entretenido o al menos pasar el tiempo juntos. Es el último año en el que vamos a contar con más tiempo para hacer alguna actividad juntos, así que tratamos de aprovecharlo al máximo.
¡Adivinen que tengo aquí!, brownies recién horneados, comenta Luli con una gran sonrisa que acentúa los hoyuelos que tiene en sus cachetes, dándole un aspecto dulce, pero a la vez muy femenino.
¿No has pensado en venderlos en el colegio?, están exquisitos, es más, guárdame uno para comérmelo mañana, comentó Max.
Muy lindo todo, pero, como que ya me estoy empezando a enronchar con tanto dulce. Ya pues, hablen ahora o callen para siempre, ¿Qué hacemos? Que yo sepa, hace más de siete años que pasamos la etapa de los columpios y resbaladeras, comenta Carla poniendo los ojos en blanco y mirando al cielo, como si necesitara ver las estrellas para calmar su tensión.
Desde que somos amigas, ella siempre ha pasado de los planes “tranquilos” e incluso su primer beso fue a los 10 años con un primo de Matías que vino de Argentina para pasar las vacaciones de verano.
Al final terminamos yendo a mi casa a ver una película. Preparamos pop corn en el microondas y nos quedamos despiertos hasta medianoche, excepto Matías que por poco empieza a babear en mi almohada. Nos despedimos, me puse pijama y me eché a dormir. A eso de las 2:00 am escuché que me llegó un mensaje al celular que, para mi mala suerte, olvidé de ponerlo en mute. Era Luli. No podía dormir porque estaba sola en casa ya que sus padres se fueron de viaje por trabajo y su hermano menor se quedó en casa de una tía. Le respondo en automático que venga a casa y que se quede a dormir conmigo. He vivido la experiencia de dormir sola y pese a haber escuchado música relajante, beber una manzanilla caliente, sentía que las horas pasaban más lento y la mañana se hacía esperar. Que caprichosa se puede poner el amanecer a veces.
Al despertar, me pongo a preparar mi especialidad para el desayuno, panqueques de avena y como toppings, frutos rojos. Conversamos un buen rato y la acompañé a su casa para que no se sienta sola.
El día estaba agradable, con un sol que no quemaba y un viento fresco que hacía bailar mi larga cabellera marrón y a veces, al rozar por mi nariz me causaba cosquillas. Me puse a caminar de regreso a casa y mi madre me llamó para decirme que iríamos a un restaurante campestre en Pachacamac, una zona campestre a las afueras de Lima, con áreas verdes y juegos para que Gael se entretenga con niños contemporáneos a él. Después de una hora, salimos en la camioneta y decidí encender la radio, sintonizando mi programa radial favorito. Me pongo a tararear Mirror de Justin Timberlake mientras disfruto el paisaje tras la ventana, recreando en mi imaginación una película con mi actor favorito.
Comimos delicioso y con postre incluido. En el restaurante que fuimos hacen shows musicales con bailes típicos de las regiones del país. Fue bonito ver las coloridas vestimentas hasta que pasó lo que menos imaginé.
¡Sácala a bailar a esta muchachita!, le encanta bailar y sobre todo en público. Pues, gracias a mi padre y a su entusiasta comentario, uno de los bailarines me sacó a bailar y claro está que mis padres parecían estar en alguna presentación musical como cuando estaba en kínder que empezaron a tomarme miles de fotos y hasta filmaron el “espectáculo” que estaba haciendo en el escenario. Ni crean que esto se va a quedar así.
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